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The Brat Prince - Lestat De Lioncourt

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The Brat Prince - Lestat De Lioncourt

Mensaje por Lestat De Lioncourt el Sáb 25 Abr 2015 - 18:39


Lestat De Lioncourt
07 Noviembre 1760
21 / 255
Auvergne, Francia
Vampiro
Bisexual
Actor, Músico, Cantante
Matalobos
Entre 1.8o  y 1.85 de altura
Magnus


Personalidad

¿No ves que he podido sobrevivir a todo lo que me pasó precisamente porque soy lo que soy?


Soy el ideal de mi especie, el vampiro perfecto. No soy el tonto de todos los tiempos, ni un dios encallecido por los milenios. No soy un embustero de capa negra ni un vagabundo acongojado. Tengo conciencia. Sé distinguir el bien del mal. Sé lo que hago y sí, lo hago. Compréndanme: no soy un pragmático. Tengo una conciencia perspicaz y despiadada. Podría haber sido un buen tipo—y quizás a veces lo sea—, pero siempre me consideré hombre de acción—el James Bond de los vampiros, por así decir—. Condolerse es para mí un desperdicio, como lo es el tener miedo.

Desde luego, sé que soy sensual, recargado, voluptuoso; demasiado me lo ha hecho notar ya la crítica. Un joven rebelde y bromista. Un aristócrata rural errante y sin un centavo procedente de las rústicas tierras de la Auvernia. Había renunciado a la tradición, a la respetabilidad y a toda esperanza de ocupar un puesto en la corte, cosa que jamás ambicioné puesto que no sabía leer ni escribir, y soy un ser demasiado orgulloso y egocéntrico para servir a un rey o a una reina. ¡Por favor! Que soy el vampiro Lestat y no hay forma posible de disimular una sensualidad como la mía. Mi fortaleza, mi voluntad, ese no querer entregarme... Son los únicos componentes de mi corazón y mi alma que de verdad puedo identificar. Este ego, si quieres llamarlo así, es mi fuerza.

Mi mayor pecado ha sido siempre que me divierto mucho conmigo mismo. Soy un tipo que disfruta con todo; Soy capaz de morirme de risa durante horas mientras observo el dibujo de una alfombra en el vestíbulo de un hotel. Debo admitir que siento culpa, aversión moral hacia mí mismo, pero así y todo lo paso bien. Soy fuerte; soy una criatura de grandes pasiones y muy voluntariosa. Ni siquiera pienses en meterme en el mismo saco que a los demás. Soy el vampiro Lestat, único e irrepetible, y nada… Esta es mi respuesta. Haz con ella lo que quieras.


Físico

No puedo evitar ser un magnífico diablo. Es el papel que me toca jugar.


Fijaos en mí: soy vuestro héroe, la perfecta imitación de un joven anglosajón de mirada intensa, ropas llamativas, una sonrisa irresistible y un cuerpo bien proporcionado que pese a sus más de doscientos años podría pasar por el de un mortal de veinte. Mido un metro ochenta, una estatura que resultaba bastante impresionante hacia 1780, cuando yo era un joven mortal. Ahora no está mal. Tengo el cabello rubio y tupido, largo hasta casi los hombros y bastante rizado, que parece blanco bajo una luz fluorescente. Mis ojos son grises pero absorben con facilidad los tonos azules o violáceos de la piel que los rodea. También tengo una nariz fina y bastante corta, y una boca bien formada, aunque resulta demasiado grande para el resto del rostro. Una boca que puede parecer muy mezquina, o extremadamente generosa, pero siempre sensual. El bastardo de monstruo que me creó e hizo de mí lo que soy, me eligió basándose en mi atractivo aspecto. Es la pura verdad.

La condición de un vampiro se pone de relieve en la piel, extremadamente blanca y que refleja excesivamente la luz, sin embargo, luego de mi temporada bajo el sol en el Desierto de Gobi o debería decir, mi intento fallido al querer terminar con mi vida, tenía la piel suave, inmaculada como antes, sólo que ahora poseía un tono ámbar, semejante al de cualquier mortal que pasa una larga temporada en los mares tropicales. Brillaban mis cejas y pestañas, como ocurre siempre con los pelos rubios de esos individuos bronceados.

Debo admitir que cuando estoy sediento de sangre, mi aspecto produce verdadero horror: la piel contraída, las venas como sogas sobre los contornos de mis huesos... Pero ya no permito que tal cosa suceda, y el único indicio firme de que no soy humano son las uñas de mis dedos. A todos los vampiros nos sucede lo mismo: nuestras uñas parecen de cristal.


Historia

Empecé a escribir la historia de mi vida…


La educación juvenil:
Mi historia comienza en Francia durante el reinado de Luis XVI y María Antonieta, en un castillo que pertenecía a mis antepasados el cual se encuentra ubicado en la región de Auvernia, la Francia rural – Un sitio desolado y campestre – Nací el 07 de Noviembre de 1760. Soy el hijo más joven de siete hermanos, pero sólo dos sobrevivieron hasta la edad adulta. A pesar de ser un aristócrata y ostentar a un título noble, era relativamente pobre, ya que mis predecesores despilfarraron la riqueza familiar mucho antes de mi nacimiento. Mi padre era el marqués de Auvernía, un hombre ciego que paso sus días jugando ajedrez. Mi relación con él y mis hermanos era algo tensa. El único miembro de mi familia con el que tenía alguna comunicación fue con mi madre, Gabrielle de Lioncourt,  una bella mujer de ascendencia italiana de quien heredé el cabello rubio, ojos penetrantes y mi buena apariencia. Gabrielle era la única que sabía leer y a menudo, inmersa en sus novelas, descuidaba la vida mundana a su alrededor. Yo la admiraba y odiaba, sin embargo, era la única persona de mi familia en quién podía confiar.

A menudo,  sentía la necesidad de ser algo más que el hijo de un marqués sin dinero ni herencia – Sabía muy bien que el castillo pasaría a mi hermano mayor Augustin – Cuando tenía 12 años fui enviado a una escuela en un monasterio cercano. Al cabo de un mes, declaré mi vocación. Aspiraba entrar a la orden. Deseaba pasar la vida en aquellos claustros inmaculados, en la biblioteca, escribiendo sobre pergamino y aprendiendo a leer los libros antiguos. Quería enclaustrarme para siempre con una gente que creía que yo podía ser bueno si quería. Pero, tres días después, llegaron mis hermanos para llevarme a casa con ellos. No bien estuvimos de vuelta en el castillo, mis hermanos me quitaron los libros y me encerraron. Cuando entendí la situación, durante la cena despilfarre un montón de palabras en contra de mi familia. Como castigo por hacerlo, me enviaron a mi habitación y mi madre fue la única que subió a verme.

A la mañana siguiente me llevó de viaje. Cabalgamos juntos hacia el castillo de un noble vecino, donde mi madre me obsequio una pareja entre una carnada de cachorros de mastín. Y, al cabo de un mes, me compró también mi primer fusil de chispa y mi primer caballo de montar. No me explicó por qué hacía todo aquello, pero yo, a mi manera, comprendí qué era lo que ponía en mis manos. Me ocupé de los perros, los entrené y establecí un gran criadero a partir de ellos. Con aquellos mastines, me convertí en un verdadero cazador, y, a los dieciséis años, mi vida se desarrollaba en el campo abierto.
La aparición de Lelio:
Ese año, el año que cumplí dieciséis, llegó una trouppe de cómicos italianos al pueblo. Representaron la vieja comedia italiana de Pantaleón y Polichinela y los jóvenes amantes, Lelio e Isabella, y el viejo doctor y todas las escenas habituales. Me sentí extasiado con su actuación. Sentía un amor imposible de expresar por aquellos hombres y mujeres. Ellos me explicaron en que consistía la grandeza del género. Un género que era denominado Commedia dell'arte.

Me sentía hechizado. Y me enamoré de la muchacha que hacía el papel de Isabella. Me dejaron representar a Lelio, el joven amante de Isabella, y aplaudieron asegurando que tenía don escénico. A la mañana siguiente, cuando el carromato abandonó el pueblo, yo iba en su interior, oculto en la parte de atrás con unas cuantas monedas que había conseguido ahorrar y todas mis ropas en un hatillo. Me disponía a ser actor.

La trouppe consideró que yo poseía todas las características para ser Lelio y me preparó inmediatamente para la siguiente representación que tenían previsto ofrecer. Por la noche, la actriz que hacía el papel de mi enamorada me hizo objeto de sus especiales e íntimas muestras de elogio. Me dormí entre sus brazos y lo último que le oí decir fue que, cuando llegáramos a París, actuaríamos en la feria de St. Germain y luego dejaríamos a la trouppe para quedarnos en la ciudad; trabajaríamos en el Boulevard du Temple, hasta ingresar en la propia Comedie Française y actuar para María Antonieta y el rey Luis. Cuando desperté a la mañana siguiente, mi Isabella había desaparecido con todos los demás actores, y en su lugar encontré a mis hermanos. Nunca supe si habían comprado a mis amigos para que me entregaran, o si sólo los habían asustado. Muy probablemente, lo segundo. Fuera como fuese, fui devuelto a casa otra vez.

Me molieron a palos y, cuando lancé maldiciones contra todo el mundo, siguieron golpeándome.

Sin embargo, el peor castigo fue ver la expresión de mi madre. Ni siquiera a ella le había dicho que me iba. Y eso le había dolido, cosa que jamás hasta entonces le había sucedido. De todos modos, en ningún momento me hizo el menor comentario al respecto. Y, una vez más, desafió a mi padre y puso fin a las recriminaciones, a los golpes y a las limitaciones de movimientos. Por último, tomó otra de sus joyas y me compró un espléndido fusil de caza, se trataba de un arma cara y excelente, y, a pesar de lo desdichado que me sentía, no vi el momento de probarla. Y mi madre añadió al fusil otro regalo, una espléndida yegua zaina con una potencia y una velocidad como jamás había visto en ningún animal. Pero estas cosas eran nimiedades en comparación con el consuelo general que me proporcionó su presencia.

Con todo, la amargura que sentía dentro de mí no remitió. Nunca olvidé lo que había sentido cuando representaba a Lelio. Me hice un poco más cruel por lo que había sucedido y nunca jamás volví a la feria del pueblo. Me hice a la idea de que no debía escapar de allí nunca más; y, cosa extraña, cuanto más profunda se hizo mi desesperanza, más aumentó mi contribución a la buena marcha de la casa. A los dieciocho años, sin la ayuda de nadie, yo me encargaba de poner el temor de Dios entre los criados y los arrendatarios. Sin la ayuda de nadie, yo proveía la comida para nuestra mesa. Y, por alguna extraña razón, esto me producía satisfacción. Ignoro por qué, pero me gustaba sentarme a la mesa y pensar que todos se estaban dando cuenta de lo que yo había proporcionado.

Así, pues, esos momentos me habían unido a mi madre. Esos momentos habían despertado entre nosotros un afecto mutuo que pasaba inadvertido y que, probablemente, no tenía igual en las vidas de quienes nos rodeaban.
Matalobos:
El invierno en que cumplí veintiún años, salí a caballo en solitario para acabar con una manada de lobos. Esto sucedía en las tierras de mi padre, en la región francesa de Auvernia, durante las últimas décadas que precedieron a la Revolución Francesa. Era el peor invierno que yo recordaba, y los lobos se dedicaban a robar las ovejas de nuestros campesinos e incluso merodeaban de noche por las calles del pueblo.

El castillo de mi padre, sus posesiones y el pueblo cercano constituían todo mi universo. Y yo era inquieto de nacimiento: era el soñador, el irritado, el protestón. No soportaba quedarme junto al fuego charlando de viejas guerras y de los tiempos de El Rey Sol. La historia no significaba nada para mí. Pero, en ese mundo sombrío y anticuado la caza y la pesca se habían convertido en mi vida y, al mismo tiempo, en unas actividades que yo no compartía con nadie más.

Dos veces en mi vida había intentado escapar de aquella existencia, y sólo había conseguido que me devolvieran a ella con las alas rotas. Pero de eso ya hablé anteriormente.

Entended que, como yo era el amo y el único en la familia capaz todavía de montar a caballo y disparar un arma, era lógico que los aldeanos acudieran a mí para quejarse de los lobos y pedirme que los matara. Y era mi deber hacerlo. Así, pues, a primera hora de una mañana muy fría de enero, tomé las armas para matar a los lobos uno por uno. Creo que en ese instante no tenía miedo alguno, pero, de todos modos, sentí algo que me erizó el vello de los brazos.

Cayeron mis queridos mastines, mi hermosa yegua yacía moribundo a pocos metros de mí cuando el último lobo ya estaba a mi lado y noté cómo sus dientes desgarraban mis pantalones. Descargué la espada contra el costado de su hocico, reventándole el ojo. La bola de la maza cayó a continuación sobre el lobo y éste soltó la presa. Con un salto hacia atrás, encontré el espacio suficiente para mover la espada otra vez y la hundí hasta la empuñadura en el tórax del animal antes de retirarla de nuevo. Todo había terminado. La manada estaba exterminada y yo seguía vivo.

Me sentía envuelto por el olor de los lobos, y por el de la sangre. Cuando intenté caminar, estuve a punto de caer rodando. Sin embargo, sin detenerme ni siquiera un instante, volví entre los lobos muertos y llegué junto al que casi había acabado conmigo, el último en morir. Me lo eché a los hombros y, cargado así, emprendí el trayecto de vuelta al castillo. Creo que ya no era Lestat. Era alguien completamente distinto cuando entré tambaleándome en el gran salón portando sobre los hombros aquel lobo. No recuerdo qué dije. Sé que tenía una voz muy apagada y la sensación de estar describiendo en términos muy simple lo sucedido. Agustín no creyó en mí, me trató de embustero y tal vez fue algo que contemplo en mí que le hizo cambiar de opinión. No lo sé.

Debí perder el conocimiento. Y, cuando lo recuperé, estaba tendido sobre la cama, a solas. Permanecí en la habitación durante días. Pasó tal vez una semana cuando pude tolerar de nuevo la cercanía de otros canes. Los criados entraban y salían, pero nadie me molestó. Y por fin, en silencio y casi sigilosamente, entró en la alcoba mi madre.
Nicolás, mi viejo amigo y amante:
Empecé a sentirme un poco más fuerte. Dejé de pensar en lo sucedido con los lobos y concentré los pensamientos en mi madre. Recordé sus palabras y dolorosa confesión; su muerte estaba cerca.

Decidí abandonar la cama y la habitación si eso la hacía sentirse mejor, pero, cuando lo intenté, no pude. La idea de que estuviera muriéndose me resultaba insoportable. Recorrí paso a paso la estancia una y otra vez, comí todo lo que me trajeron, pero seguí sin acudir a su encuentro. Sin embargo, cuando casi se cumplía un mes de los hechos, acudieron al castillo unos visitantes que reclamaban mi presencia. Mi madre acudió a verme y dijo que debía recibir a los comerciantes del pueblo, que querían honrarme por haber matado los lobos. Entre ellos destacaba un joven a quien no reconocí en un primer momento. Tenía aproximadamente mi edad, y era muy alto. Cuando nuestras miradas se cruzaron, recordé quién era. Nicolás de Lenfent. Nos conocíamos desde pequeños y su padre había creado para mí una capa con la piel de los lobos y unas botas.

Luego de aquel encuentro, tardé una semana en decidirme a ir en busca de Nicolás. Aquel día entre vino y risas hablamos sobre nuestras andanzas personales y a partir de entonces, cuando no andaba de caza, mi vida estaba con Nicolás y evocando «nuestra conversación». Con el paso de las semanas, fuimos abriéndonos cada vez más el uno al otro.

Tras meses de conversación, sueños, aflicciones y esperanzas. Gabrielle, mi madre, insiste en que escape a París junto a Nicolás. Tal como él y yo habíamos planificado tantas veces. Le aterraba morir sin saberme libre y lejos del castillo. Así pues, impulsado por mi madre y con el dinero que ella me había obsequiado, hui con mi amigo a la mañana siguiente con la intención de ser un gran actor, sin saber siquiera que aquello sería lo que generaría el mayor cambio en mi vida.

No habían transcurrido quince días cuando ya me encontraba en los cafés, los teatros y el ambiente habitual de una ciudad. Jamás había estado entre tanta vida, tanto caos. Me sumergí en sueños. Y para empezar de cero cambié mi apellido de Lioncourt por Valois, aparentando ser hijo de un burgués. Vivíamos a duras penas en una buhardilla con una sola cama, pero éramos felices y libres. A pesar que Nicolás tan sólo estaba allí para contradecir a sus padres, para enseñarle que podía hacer algo más.

En pocos meses, para ser más exacto en Septiembre, mi nombre figuraba ya en los programas de mano, entre los carteles. Destacaba. ¡Era un actor! ¡Era Lelio! Mientras que Nicolás, mi compañero, tenía su momento en el intermedio, durante el cual su interpretación de una frívola sonata de Mozart mantenía al público pegado a los asientos. Mi vida era exactamente como pensaba que podría ser. Y estaba seguro de que no duraría mucho en el teatro de Renaud. Todo el mundo lo afirmaba. Me vi en grandes escenarios, de gira por Londres e Italia e incluso por América, con una gran compañía de actores. Pero no había motivo para apresurarse. Mi copa estaba a rebosar. Sin embargo, en el mes de octubre, cuando París ya empezaba a helarse, empecé a advertir la habitual presencia entre el público de un rostro extraño que, invariablemente, me distraía. A veces, aquel rostro me hacía casi olvidar lo que estaba haciendo. Y luego desaparecía como si fuese producto de mi imaginación.
El Legado de Magnus:
Debían ser las tres de la madrugada cuando abrí los ojos y vi una figura alta, encorvada y de rostro blanco instalado de pie, inmóvil, junto a nuestra cama. Esa noche, siendo arrastrado del lado de Nicolás envuelto en mi capa roja, fui secuestrado por un antiguo vampiro llamado Magnus. No importo cuanto grite o batalle para conseguir soltarme de aquel ser que me transportaba, no importo mi contundente negativa, él me obligo a aceptar el Don Oscuro.

Después de convertirme, Magnus, cansado de la vida, se suicida lanzándose a una hoguera prometiéndome vengarse sino esparcía sus cenizas. Me dejó solo. Tuve que valerme por mi mismo sin ningún tipo de orientación. Y debo confesar que la añoranza de Magnus, la sensación de desamparo, amenazaron con atenazarme continuamente. ¡Le odié por haberme abandonado! Y me sorprendió en toda su ironía el hecho de haber sentido amor por él cuando se disponía a saltar sobre las llamas. Y de haberle amado de nuevo al encontrar las ropas rojas en la estancia.

Recordé que el viejo vampiro me había dicho que me dejaba su tesoro, pero me quedé mudo de asombro al ver aquella riqueza incalculable. Tomé posesión de la fortuna y envié una serie de regalos a mi familia. En cuanto a Nicolás, debería haber sabido que no se conformaría con regalos y palabras vagas, que exigiría verme y no dejaría de pedirlo. Aunque en ellos incluyera el mejor instrumento posible, un Stradivarius.

Pasaron una noches y esos regalos que hice a mi amigo fueron despachados, mi abogado se sintió bastante incomodo con el asunto. Quince días después, Renaud me propuso comprar la Casa de Tepsis, dejándole a él como director. Con mi dinero y sus conocimientos, podría ser el lugar más famoso de París. Pues bien, después de visitar en secreto a Nicolás, la noche siguiente, luego de probar mis poderes y saciarme a gusto, llegué al boulevard du Temple. Aparecí ante todos, estaba felices de verme, pero luego de abrazar a Nicolás, sin darme tiempo a pensar en lo que hacía, me encontré en pleno escenario, horrorizando a todos con mis gritos y piruetas imposibles. El público se estremeció y esto llenó de temores a Nicolás, quien inmediatamente sospechó que algo no estaba bien. Aquella noche supe que había caído la última barrera entre el mundo y mi apetito.

Ahora, ya nadie estaba a salvo de mí, por inocente que fuera. Y eso incluía a mis apreciados amigos del teatro de Renaud. E incluía a mi querido Nicolás. Quise que se marcharan de París…
Viatico para la Marquesa:
Fui visitado por mi madre en París, quien por medio de mi abogado me informó que se estaba muriendo. En un instante, vi una vasta y aterradora posibilidad, y, en ese mismo momento, sin titubeos, tomé una decisión. Una decisión que carecía de palabras, planes o preparativos, cuyo único fin era salvarla de ese destino. Así pues le concedí el Don Oscuro, la introduje en esto conmigo y transformé a mi madre en una vampiro.

Su muerte real no se prolongó mucho. Buscamos un sótano vacío y nos quedamos en él hasta que todo hubo terminado. Y allí la sostuve entre mis brazos y le hablé mientras sucedía. Volví a contarle, esta vez con palabras, todo lo que me había sucedido. Le hablé con detalle de la torre y repetí todo cuanto Magnus me había dicho. Le expliqué todas las manifestaciones de la presencia y cómo casi me había acostumbrado a ella y el desprecio que me inspiraba y mi decisión de no perseguirla.

Le comenté las sospechas de Nicolás, a quien, por supuesto, no le había mencionado nada al respecto. Añadí que ahora aún temía más por él. Otra ventana abierta, otra habitación vacía, y, esta vez, varios testigos para corroborar lo extraño que resultaba todo el asunto. Pero ya encontraría algún medio de engatusar a Nicolás, de romper la cadena de sospechas que le vinculaba a mí.

Cuando llegamos a la torre, encendí la antorcha de resina y llevé a Gabrielle a las mazmorras. Sólo era el sol naciente, pero ella necesitaba descansar. Así es como advertí que perdía fuerzas antes que yo.

A la siguiente noche, París era el escenario de nuestras correrías. No obstante, la presencia de aquellos demonios de rostros blancos y brazos lechosos nos amenaza constantemente. Aquellos vampiros se hacían llamar los Hijos de las Tinieblas.
Los Hijos de las Tinieblas:

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